domingo, 6 de julio de 2014

Fe y esperanza

Había logrado conocer sobre las religiones del mundo pero diseccionarlas había matado su capacidad de creer; razonaba que el marfil, la madera y el metal eran adorados por las inseguridades de quienes no sabían mejor.

Encontró el amor, no era tan fría como para no creer en eso, pero la suerte y el destino se manifestaron para enviar a la muerte a su habitación para retirar al objeto de su felicidad.

Despertó una noche y encontró a la Sombra sentada al pie de su cama, supo quien era, supo que quería, supo que tenía que correr lejos de ella, esa misma noche comenzó a buscar métodos para ahuyentarla, para detener su lento pero seguro paso hasta la cabecera.

No creía en los ritos, no creía en las leyendas, pero leer durante días enteros le daba esperanza suficiente para pensar que los centímetros que la Parca avanzaba cada noche eran kilómetros que le faltaban para llegar, que cada día era más largo, que en la siguiente página de un oscuro manuscrito en lenguas indescifrables estaría la respuesta que buscaba.

La sombra se aclaraba con el tiempo, después de varios meses pudo ver los fríos ojos observándola fijamente y en la última noche se atrevió a hablarle: por más tiempo suplicó mientras la muerte acercaba sus labios para besar a su amada, “¿Tiempo?” respondió, “El tiempo no existe”.

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